sábado, diciembre 22, 2007

Fantasy




...era poco más de media noche y por una callejuela estrecha del barrio de Montmartre se oían sus risas. Habían quedado para cenar y charlar con calma. Una cena exquisita, y unas copas de buen vino de Borgoña pusieron en sintonía su imaginación, vibraban en la misma onda.

Los destellos de las farolas reflejados sobre el suelo mojado les marcaba el camino. Un gato cruzó sigilosamente la calle, proyectando una larga y negra estela hasta sus pies, mientras a lo lejos se escuchaba la dulce melodía de un piano llevada por el viento.

Apoyados el uno en el otro, torpemente abrieron el portal y ahogando sus risas fueron superando niveles, se dirigían al último piso donde él tenía su estudio. El trayecto les tomó su tiempo, pues varios fueron los tramos en los que sus labios se unieron en apasionados y fogosos intercambios, que de repente interrumpían para proseguir su camino hacia las alturas entre sonrisas y miradas de complicidad.

El estudio no era demasiado espacioso, de techo abuhardillado y con una gran ventana; estaba lleno de lienzos, telas, papeles, bocetos, pinceles, disolventes, trapos, muchas fotografías y un millón más de cosas ordenadas en un caos contenido. El aire que se respiraba era de un olor intenso, característico pero agradable, una mezcla de pinturas y barnices decorada con un toque de finísimo incienso de jazmín. Un pequeño lavabo, una cocina americana y una cama deshecha completaban el panorama.

El corto trayecto de la puerta al lecho quedó caprichosamente decorado con una hilera de ropas recién caídas que la fuerza de la gravedad fue dejando tras ellos.

Sus cuerpos y sus almas se unieron y se separaron tantas veces como sus energías les permitieron, librando estruendosas batallas carnales que alternaron con silenciosas treguas, hasta que los dos se abandonaron al reino de los sueños.

Ahora son las diez de la mañana, entra una agradable y cálida luz por el ventanal, desde el cual el río parece una enorme pitón plateada y a lo lejos se divisa la esbelta silueta de la dama de hierro, la señora Eiffel.

Ella, se ha despertado, esta de pie junto a la ventana tomando un humeante café, tan solo lleva sus gafas como único atuendo. Esta preciosa, su piel aterciopelada brilla con los colores del arco-iris a contraluz. Comparte escenario con dos palomas blancas que se han dejado cautivar por su belleza. Mientras, yo estoy absorto ante tal estampa, disfrutando del momento y ajustando el objetivo de mi cámara para inmortalizar la escena.



aguilablanca

2 comentarios:

Issa dijo...

Hola Aguila Blanca.
Puede que el "Universo" no te permita volver a volar por mi blog, pero ha sido gracias a él que he seguido tu rastro y he llegado aquí. Tu trabajo es precioso. Tus fotos transmiten mucho. FELIZ NAVIDAD para tí también y yo sí que volveré...Un beso.

Anónimo dijo...

En que persona de la realidad te has inspirado para estos dibujos?